Ghostland

    Robert Mead

    22.11.25-14.02.26

    El pasado se desmorona, sedimenta, reaparece y da forma al paisaje; se disuelve en pinceladas de color. No solo acecha al presente: es una parte constitutiva de él.

    En esta nueva serie de pinturas, el artista e investigador británico Robert Mead propone una exploración multifacética de la temporalidad, la simultaneidad de presencia y ausencia, la corporalidad y la espectralidad, y el cambio ambiental acumulativo inspirado en los paisajes costeros de East Anglia, en el Reino Unido. La colección acoge los aspectos espectrales de la existencia; al mirar las pinturas, se nos recuerda que los vivos no somos más que “fantasmas en un indulto temporal”. Utilizando una selección de pigmentos extraídos de los propios paisajes de East Anglia que inspiran su obra, Mead superpone pasado y presente, materialidad y abstracción, memoria y creación.

    En el corazón del proyecto artístico yace una profunda preocupación por la pérdida: la pérdida ecológica vinculada a la erosión costera y a la degradación ambiental, la pérdida personal y colectiva, y un estado más amplio de transitoriedad. Sin embargo, la presencia de la pérdida coexiste —y es parte integral— de un sentido elemental de vitalidad, que se expresa a través de un uso exuberante del color. Los rojos brillantes provienen de arcillas de acantilado y fragmentos de ladrillos locales de asentamientos humanos abandonados en Happisburgh; los verdes intensos proceden de arcillas y residuos de cobre en Benacre, Suffolk; y los azules profundos contienen trazas de pigmento de glasto obtenido en Norfolk.

    Junto a los temas de la pérdida, el itinerario artístico de Mead se despliega a través de la estratificación. En el plano práctico, la idea de estratificación se materializa mediante la incorporación de capas de serigrafías risográficas fragmentadas. A través de la superposición de significado y material, la estratificación nos permite atestiguar los largos procesos geológicos y temporales explorados en las pinturas, así como sus estratos conceptuales y afectivos. La presencia de múltiples capas invita a sucesivos niveles de implicación con las imágenes —otra forma de estratificación— y conecta con las largas y entrelazadas temporalidades del tiempo humano y el tiempo profundo. Los materiales que Mead utiliza, recogidos en la costa de East Anglia, son en sí mismos una síntesis tangible del pasado y el presente y, al incorporarse a las pinturas, su vida se prolonga hacia el futuro. La impermanencia se convierte así en permanencia; aquello que ha sido desechado, erosionado, olvidado, consumido y abandonado se reutiliza como material artístico. De este modo, este enfoque expone diversos modos de persistencia del pasado en el presente y en el futuro, y sus impactos en la vida humana y no humana. Por ejemplo, “Orford Shadows” representa restos de la infraestructura del emplazamiento nuclear de Orford Ness que marcarán el paisaje de la costa de Suffolk durante muchos años.

    Lo no humano se encarna en el Black Shuck, una figura del folclore de East Anglia similar a un perro oscuro y callejero. La presencia del Black Shuck es simultáneamente ctónica y algo juguetona; deambula por la colección, desapareciendo y reapareciendo, vagando por el tiempo y el espacio y moviéndose entre el mundo terrenal y el inframundo. Su presencia intermitente invita al espectador a unirse al viaje temporal inspirado por las pinturas.

    El cuerpo humano también se estratifica y se absorbe en el paisaje natural: extremidades como ramas, venas como arroyos, rizos como nubes, siluetas de sombras humanas que se acumulan como agua o se tallan como cuevas. Los límites entre tierras y cuerpos son difusos: se impregnan tanto en vida como en muerte, y la reutilización de materiales derivados del entorno natural reproduce este entrelazamiento en las pinturas, tanto práctica como figurativamente. Por ejemplo, en “Above the Distant Shore” aparecen figuras humanas que parecen descender bajo tierra, inmersas en una tierra roja que adquiere una cualidad casi líquida, reminiscente de un antiguo lecho marino. A la inversa, en “Ghosts on the Surface” unos espectros parecen ascender desde la arcilla que conserva sus huellas fosilizadas. Lo que emerge es un poderoso sentido de unidad y coherencia: en medio de entornos fracturados y temporalidades dislocadas, Mead traza un camino hacia un renovado sentido de cohesión, atento tanto a la precariedad ambiental como a la vulnerabilidad humana.

    La colección también ofrece una reflexión oportuna sobre la crisis ambiental en un sentido más amplio: aquello que elude nuestra comprensión, es invisible o está desplazado temporalmente, aun así impregna la realidad y llega a formar parte de su propia sustancia. En la obra de Mead, lo que a menudo es invisible o escurridizo se vuelve visible, presente y casi táctil. Del mismo modo, la intensidad del color infunde a las pinturas una sensación de des-familiarización transformadora: los paisajes conocidos se convierten en vibrantes figuraciones de la convergencia de distintos planos temporales y distintas formas de existencia. Nos muestran que, cada vez que un mundo se pierde, otro se crea de nuevo.

    Silvia Vittonatto

    1 Tomo esta conceptualización de la espectralidad de Bob Plant, en “Living Posthumously: From Anticipatory Grief to Self-Mourning.” Mortality, vol. 27, n.o 1, 2022, pp. 38–52.

    Info

    Belmonte de Tajo 61

    28019 Madrid

    Miércoles a viernes 

    de 11.00 a 19.00

    Sábados 

    de 11.00 a 14.00